Desgracias
Una desgracia atrás de otra. Una tras otra. En la escuela de Marita hay premios para la mayoría: mejor alumno por grado en castellano y mejor en inglés, premio al más esforzado, al mejor compañero, al destacado en artes y al que sobresalió en deportes, premio por buena participación en las olimpíadas de matemáticas y otro para la de idiomas, no sé cuántos hay, seguro que me estoy olvidando otros, pero lo que es Marita nunca, nunca, ¿me entendés? Nunca, recibió alguno y eso que ya está en el cuarto grado. ¿Sabés lo que significa ir a cada fiesta de fin de año y ver cómo las familias saltan, aplauden, sacan fotos a sus hijos que suben una y otra vez al escenario para recibir diplomitas y medallas y trofeos y nosotros nada, absolutamente nada. Y no es que Marita sea mala alumna, no, todo lo contrario. Seguro que revuelca a cualquiera en matemáticas y en inglés. La verdad es que yo no fui lo que se dice una luz en la escuela y para colmo ya no puedo acordarme de todo lo que aprendí, es cierto que no puedo ayudarla mucho, sinceramente no entiendo prácticamente nada de lo que le mandan a hacer, pero mi sobrino Armando, el que trabaja en el correo me dice que pronuncia perfectamente el inglés y que entiende todo. Y él sabe, le mira los cuadernos los fines de semana y cuando viene le pide que haga una hoja entera de cuentas. Marita no se equivoca en ninguna, en nada, se equivoca. Lo que pasa es que las otras madres están todo el tiempo en la escuela. A los besitos con las maestras todos los días, con regalitos, con cuentos. Yo las veo por la mañana, cuando llegan y por las tardes ¡todas las tardes! Porque no tienen nada que hacer y para la único que están es para pararse ahí, en la puerta de la escuela conversando con las otras madres, tramando encuentros, participando de cuantas comisiones se forman para hacer regalos, para organizar la fiesta del veinticinco de mayo y la del fin de año. Juntan plata para el día del maestro, imaginan disfraces para el día de la primavera. Me tienen harta, verdaderamente harta. Pero este año decidí que sería diferente, teníamos que cambiar y puse en ese proyecto toda mi energía. Primero renuncié al empleo del consultorio dental que a decir verdad, me tenía cansada. Todas las tardes desde las cuatro hasta las nueve de la noche atendiendo el teléfono, recibiendo pacientes, aguantando a los que esperan porque el doctor Hernán llega cuando quiere y después se queda charlando con todos los pacientes, que dicho sea de paso no son nada pacientes, no les gusta esperar ni cinco minutos y pareciera que una tuviera la culpa. Además está el olor. Ese olor a desinfectante que tiene la amalgama o la resina que meten en las caries y que se te impregna en toda la ropa. No te podés imaginar, cuando se cierra el consultorio en lo único que pensás es en una ducha. En cuanto llegaba a casa, un buen baño, mientras Marita esperaba la comida que gracias a Dios ya estaba preparada. Doña Laura se encarga de todo. Es una maravilla. Cuesta mucho mantenerla, pero sin ella sería un desastre. Si encima de tener que cuidar de Marita y del consultorio, del gimnasio y todos esos trámites que hay que hacer cada día; si además, me tengo que poner a limpiar la casa, cuidar del perro y cocinar, no duraría ni una semana, me tendrían que venir a buscar con un ataque, seguro. ¿Y con quién se quedaría Marita? ¿Con el crápula del padre? ¿Con la mujer de turno? Andá a saber con quién anda ahora. Desde que nos separamos ya ni las cuenta, cada tres o cuatro meses otra nueva, cada vez más joven, claro, lo más joven posible, tontas, locas que le sacan la plata y nada más. No es que me importe, ¡qué me va a importar! Mientras mande la mensualidad para pagar las expensas del country y la alimentación de Marita y la escuela, claro y que no me cierre la tarjeta de crédito. Mientras no me corte los víveres, la verdad es que por mí puede hacer lo que quiera. Pensar que parecía tan bueno, ese mosquita muerta. Todavía tiene embobada a mamá que me sigue culpando por la separación. Que si lo volvía loco al “pobre”, que si no lo dejaba tranquilo. Porque claro, “el santo” trabajaba y trabajaba para la mudanza, para los muebles que había que cambiar, las cortinas, los viajes., Todo necesario, solo lo necesario. Trabajaba y trabajaba, volvía tarde, siempre con algo para Marita. Todo bien, hasta que le descubro el sms aquél que decía “te extraño demasiado. Laura” Solo eso decía. Lo leí mil veces, te juro. Me pasé una semana pensando en lo que iba a hacer y al final fui de frente y le dije ¿Me querés decir quién es Laura? Cuando le vi la cara no quise saber más. No dijo nada, bueno a decir verdad, no lo dejé decir nada. Se le veía en los ojos que no podría explicar el mensaje y claro, no se lo perdoné. No. Conmigo no se juega. Vos lo sabés. Una no es tonta, los hombres siempre tienen algo afuera, pero tienen que hacerlo bien, con respeto ¿no te parece? Por eso pienso en el futuro Marita, como madre y como padre. Así es que decidí hacer los esfuerzos necesarios durante todo el año. Me planté ahí en la puerta de la escuela y les busqué charla a las maestras. Cuando me llegaba una muestra de Avón, se la regalaba a la de castellano y si conseguía una cena gratis con la tarjeta de crédito se la endosaba a la de inglés. Hice todo lo que tenía que hacer. Porque cuando me pongo algo en la cabeza, nadie me lo saca. No. Hasta que no logro lo que me propongo, no paro. Allá por octubre me animé a preguntar si Marita estaba este año como para ganar un premio. Y empezaron las desgracias, una tras otra. Las maestras me daban vueltas. Que a lo mejor. Que no sabían, que en el grado de ella había muchos chicos buenos, se escondían detrás de un montón de dudas. Fue justo cuando el perro casi se muere de estreñimiento. ¿Vos sabías que un perro de ese tamaño puede morirse de estreñimiento? Veterinarios, medicamento que costaban carísimos y encima se me complicó la relación con Agustín ¿te acordás? Creí que había empezado a rehacer mi vida y Agustín parecía un gran tipo, pero de pronto empezó con historias. Me acusó de darle demasiado tiempo a Marita, decía que me dedicaba solo a ella y que a él ya no le prestaba atención. ¿Pero que quería que hiciera? El asunto es que pidió “un tiempo”. Y vos sabés, cuando se pide “un tiempo” significa que querés “todo” el tiempo, que la relación se acabó y vaya a saber por qué. Alguna vez me enteraré de la verdad. Pienso que debe haber aparecido otra mujer, había muchas en el barrio que me lo miraban a Agustín, muchas. El asunto es que en aquel momento en que andaba bien deprimida, las maestras empezaron a darle vueltas al tema de los premios. Y yo que pensaba que lo tenía todo arreglado. Después de que Agustín se fue, decidí terminar con esa situación. No me aguanto las indefiniciones, así que fui a la escuela antes de que terminaran las clases y pedí una reunión. Les exigí una respuesta y lo peor es que me la dieron. La verdad es que uno pide, pero no espera respuestas tan francas y directas. Nunca creí que me dijeran con tanta frialdad que Marita andaba muy mal en las clases y que ellas se esforzaban por ocultarlo. No esperaba que me dijeran que en realidad deberían hacerle repetir el cuarto grado y que si no lo hacían era porque veían el esfuerzo de las dos para seguir adelante. Te juro que no sabía si matarlas o matarme. Di media vuelta y salí de la escuela. Cuando estaba subiendo al Fiat, escuché a la maestra de castellano que me llamaba. Se acercó y dijo que entendía mi frustración y que todavía tenía una posibilidad en deportes. Marita era fuerte y grande. Bastaba que aprendiera a jugar mejor al hockey. Tendría que buscar algún apoyo fuera de la institución, así dijo, y ella se encargaría de hablar con el coordinador. La besé y subí al Fiat. Hace ya dos meses que Marita practica Hockey en el San Patricio y mi trainer le dedicó una hora diaria para fortalecer los músculos de sus brazos y de sus piernas. Otro esfuerzo que demandó muchísimo tiempo y dinero, pero logramos entrenarla para que juegue razonablemente bien. El coordinador de deportes de la escuela no lo podía creer. La veía jugar y no lo podía creer. Hoy le iban a tomar un examen especial, solo a ella, para poder evaluar la evolución, el esfuerzo que hizo en todo este tiempo. Y fue entonces que sobrevino otra desgracia. Justo hoy esos dos estúpidos decidieron chocar en la Panamericana y se mataron. Se mataron, ¿entendés? e interrumpieron absurdamente el tránsito durante tres horas. El tiempo suficiente como para que le pusieran ausente a Marita y la aplazaran. ¿No es una desgracia?
Eso sí, este año la fiesta de fin de curso no va a contar con nosotras.
